Helmut Bellingrodt, una historia de aciertos (I)

Escrito el 02/09/2020
Comité Olímpico Colombiano


 El 1º de septiembre se cumplen 48 años de la conquista de la primera medalla olímpica colombiana, por parte del barranquillero Helmut Bellingrodt Wolff. La siguiente es la primera de varias crónicas, que cuentan un perfil algo desconocidos de la vida del pionero colombiano de los podios olímpicos.

Mi amistad con Helmut Bellingrodt comenzó de “repechá”. El término se usa en el Caribe colombiano para señalar que algo viene de rebote. Así lo llamas, cuando jugando “bolita de caucho”, sucedáneo deportivo del béisbol, agarras la bola después de haber pegado contra una pared, andén o algo sólido. Fue hacia 1988, cuando yo fungía como Secretario General del Ministerio de Comunicaciones de Colombia y Rafael Canabal, casado con Elvirita Navarro, una prima mía, me llamó a pedirme el favor que ayudara a su amigo Helmut con la renovación de su licencia de radioaficionado, práctica que en la época era una pasión y conformaba familias en todo el mundo. El cónsul colombiano saliente en Santo Domingo, cuando Helmut llegó a ocupar ese cargo, le presentó a aquel colombiano Caribe, de la Villa Tres veces Coronada de Santiago de Tolú, quien inició nuestra fraterna relación tripartita.

Helmut mantenía contacto a través de aquella afición, con radioaficionados de todo el mundo, en tiempos en los que no se hablaba siquiera de telefonía celular, y siendo Cónsul en Caracas sucedieron las tragedias  del terremoto de Ciudad de México y la avalancha de Armero, en 1985. A través de la red de solidaridad radioaficionada se les prestó un valioso servicio a miles de compatriotas afectados por los dos sucesos naturales. Ese año en que nos conocimos coincidió con mi elección como Presidente de la Federación Colombiana de Taekwondo. Años más tarde, para los Juegos Centroamericanos de Maracaibo, en 1998, nuestra amistad se consolidó a partir de haber compartido como oficiales de Misión, en esos Juegos. Desde entonces, la confianza me permitía disentir con él, ante su insistencia en ir al McDonald's, de Maracaibo, a comer su sempiterna hamburguesa, lo que no me atraía mucho .En las largas jornadas en los diferentes escenarios de esos Juegos, sabedores de las largas filas que nos esperaban en el parqueadero restaurante de la torre de apartamentos en hormigón fundido, habilitada como Villa Olímpica para esos Juegos y la no atractiva comida que ofreció Maracaibo en esa ocasión, salía la pregunta al mediodía, de ¿Bueno y donde almorzamos..? Helmut, con cara de ruego decía “En McDonald's, hermanito.”. Quizás para escaparnos de la mala comida o del Mac Donald’s, decidimos un día de receso de los Juegos ir hasta Maicao, Colombia. Así que conEl Flecha, un voluntario asignado que hacía de conductor y con quien tuvimos contacto por muchos años después de los Juegos, hicimos la travesía cruzando por la “raya” en Paraguachón.

Cuando llegamos a la frontera, debíamos hacer “sellar” el pasaporte. Del lado colombiano no había nadie. Eso nos retrasó un poco, ya que hubo que esperar que el guarda colombiano regresara de su almuerzo o de su siesta. Durante la espera, bajo el reverbero de julio, sin sombra a la vista, entendí que la Guajira colombiana y venezolana eran lo mismo en esencia: unos polvorientos caminos rojizos, en donde solo crece el endémico “cují” o trupillo y con su etnia Wuayúu trashumante, que no depende de fronteras, cruzando de lado a lado en su tierra ancestral, como lo hacían antes de que los hombres blancos y mestizos establecieran divisiones políticas territoriales y administrativas. Mientras esperábamos al guarda, con el hambre y los espejismos del calor en el desierto guajiro añoré tener en frente una de las Mac Donald’s de Helmut con su Coca Cola helada acompañante. Ya en el camino que nos condujo a Maicao me dijo:  ”Sabes loco, que estoy haciendo parte de la ruta que hizo mi abuelo, a principios de siglo. Yo además, tengo sangre “Maracucha”. En efecto, y eso explica la gran parte de alma “caribe” que exhibe Helmut sin perjuicio de su pinta bávara.



Maracaibo, la ciudad donde estábamos en esos Juegos, tierra de las dos abuelas de Helmut, había sido fundada la primera vez de sus tres fundaciones, como la Nueva Núremberg (castellanización de Neuberg, en alemán), por el alemán Ambrosio Ehinger, conquistador a órdenes de la familia Welser de Augsburgo. Otro conquistador alemán, Nicolás de Federmann, ordenó su traslado en 1535 al Cabo de la Vela, (hoy Colombia) y en 1574, dominados ya los indígenas rebeldes fue refundada en su sitio actual, como Nueva Zamora de la Laguna de Maracaibo. Con los años se convirtió en el centro económico más importante de Venezuela debido a la industria petrolera que se desarrolla en las riveras del Lago.

Por su estratégica ubicación fue el puerto de salida de las mercancías de los Andes hacia Europa y Norteamérica, con una intensa actividad comercial de compañías inglesas y alemanas. Una de esas grandes casas comerciales alemanas, la Breuer & Möller y Co, que molía el grano de café antes de mandarlo a Hamburgo, Alemania, jugaría un papel muy importante en la vida de nuestro primer medallista olímpico, Helmut Bellingrodt.

En efecto, esa compañía abre oportunidades de empleo a trabajadores alemanes para ir a América, y el joven Friedrich, en compañía de su amigo inseparable Karl Wolff, se embarcaron a buscar futuro en tierras suramericanas. Así que abordaron un vapor, esos grandes barcos que cruzaban el Atlántico saliendo de su natal Hamburgo, bordeando las costas de los Países Bajos, para ir a las islas Azores, y navegar luego durante veinte largos días, hasta Puerto España, en Trinidad, y de ahí a su destino final, el Lago de Maracaibo, que al pasar por su angosta entrada, con una especie de castillo derruido a un lado los entronizaba a la amplia bahía llena de veleros y barcos de todo tipo. La Breuer & Möller, establecida también en  Cúcuta y Barranquilla, ciudades convertidas, junto a Maracaibo, en el eje comercial del norte de Suramérica, tenía otras líneas de negocio y se convirtió en importadora de todo lo que no se producía en estas tierras, de forma tal, que comercializaba desde una “bacinilla hasta un barco”.



 Friedrich Bellingrodt y Karl Wolff los dos alemanes, amigos incondicionales o “llaves”, como dice Helmut,  llegados  hacia 1890, se radicaron inicialmente en Maracaibo. Al poco tiempo, conocieron a dos primas hermanas, una, Albertina Ortega, y otra, Ángela González. a quien cada uno eligió como su compañera para el resto de la vida. Karl,decidió devolverse con su amada hacia Hamburgo. Friedrich se quedó en América y se radicó con Albertina en la cercana emergente ciudad colombiana de Barranquilla, ubicada a solo ocho horas de Maracaibo hoy día y quien sabe a cuántas en aquella época.

Identificó oportunidades de una vida próspera en este puerto de actitud fenicia, abierta y acogedora con la gente foránea, en donde continuó trabajando con  la Breuer & Möller. En Barranquilla, nació en 1909 Ernesto, quien creció como cualquier otro chico barranquillero, incorporado totalmente a su cultura, pero que fue enviado por su padre a estudiar el bachillerato a Alemania, en donde perfeccionó la lengua de sus ancestros y  conocería a quien sería la madre de sus hijos, una preciosa alemana, hija del gran amigo de su padre que se había devuelto de Maracaibo. La convenció de venirse a vivir a una ciudad calurosa del trópico Caribe colombiano, en donde él había nacido. Ambos católicos hicieron honor a la usanza de la época del “compromiso solemne de matrimonio”, y la prometida envío el poder para solemnizarlo en Barranquilla.

Arribó de 19 años  a Colombia para casarse, pero tuvo que esperar a que pasara el duelo por la muerte de su suegro, quien falleció al día siguiente de la llegada de ella de Alemania. A Annaelisie Angela Wolff, quien hablaba un español perfecto, con un ligero acento, la muerte en forma de gastroenteritis le arrebató a su primer hijo, a los 10 meses de nacido, pero al año siguiente llegó Hans Peter y luego Helga a alegrar sus vidas. Habrían de transcurrir ocho años más para que naciera, Helmut Ernesto, en 1949 y Horst,  en 1958, quien completaría la histórica tripleta de medallistas mundiales y competidores olímpicos del tiro colombiano.

En la Barranquilla de los 60, las casas de la clase media emergente, nutrida por la inmigración, poseían patios enormes. El de la familia de don Ernesto Bellingrodt, medía un cuarterón de hectárea, con todo tipo de frutales. Helmut y sus hermanos disparaban sus escopetas de “copita”, diábolos disparados con aire comprimido, que fueron muy populares en toda la región Caribe. El níspero, la guayaba, el mango, la guama o el caimito, se convertían en los blancos predilectos. El reto era pegarle al pedúnculo dejando intacta la fruta y el hermano que no disparaba, la “fildeaba” o “aparaba”, para que no se dañara al caer al suelo. Así se turnaban, aguzaban sus sentidos y precisión, que se verían luego perfeccionados con la caza, tan popular en aquellos tiempos.

La cacería es una actividad connatural al desarrollo de la civilización. La caza  y la pesca eran las actividades del hombre desde la prehistoria, lo           que se refleja en textos mitológicos y religiosos. Platón llamaba a la caza  “ejercicio divino”. En la ley sálica  se comienzan a establecer algunos reglamentos a la caza, que poco a poco quedó reservada a las clases altas, salvo en los cotos de caza de los reyes y luego de los señores feudales. Abolidas las testas coronadas, los señores feudales seguían reservando la caza para ellos, con algunas concesiones a los vasallos. Las revoluciones y la distribución de las tierras a los estados soberanos liberaron la caza como actividad al alcance de todos. En Colombia, las regulaciones sobre la actividad cinegética tuvo una  lenta evolución, pero en los tiempos en que Ernesto Bellingrodt acoge esta afición en Barranquilla era muy practicada en toda Colombia, y en la costa Caribe se confraternizaba en grupos y se formaban clubes, de gran camaradería, donde la hipérbole era soberana.

Se dice que los pescadores son embusteros por lo exagerados, no se quedaban atrás los cazadores y en una ciudad como Barranquilla, con manigua cercana y buenos lugares de caza como Remolino o Sitio Nuevo, con buenos parajes cazaderos como Loma de Queso, Limón y Boyacá, entre otros, la práctica era continua. Un amigo de don Ernesto Bellingrodt, el español Jacinto Sarsúa, destaca en sus Recuerdos de Barranquilla, la usanza del llamado en la costa “jardeo”, que no era otra cosa que “arrear” la caza, hasta la ubicación de los cazadores, con historias unas de gesta épica y otras hilarantes, de los tiradores novatos dejando escapar tiros a la maleza.

Quique Scopell y Jacinto Sarazúa, al igual que otros narradores que vivieron esas épocas cuentan de los grupos de tertulia y bebeta, formados en diferentes sitios y mesas de la ciudad, de pescadores, cazadores y profesionales varios. Una de ellas, emblemático, era La Cueva, ubicada en la 43 con 59, que fue inicialmente una tienda de abarrotes a la que  Eduardo Vilá, su dueño, le cambió un día  de 1954, el nombre de “El Vaivén”, para albergar a una clientela heterogénea de bebedores de ron y cerveza, y darle el nombre que ganó connotación, con la asistencia de los intelectuales del llamado Grupo de Barranquilla. Allí se plantó un aviso ilustrado con un Alejandro Obregón que advierte: “Señora: si no quiere perder a su marido no lo deje ir a La Cueva, centro de intelectuales y cazadores”.



En los escritos sobre La Cueva” se mencionan varios grupos, entre ellos, el de los cazadores José Miguel Racedo, Ricardo Field, el “Toto Movilla”, don Jacinto Sarasúa y Kurt Hagenmuller. Alfonso Fuenmayor agrega otros, entre ellos los hermanos Herrera. Uno  de ellos, Efraín, editaba la revistaCaza, Tiro y Pesca, de la que Helmut me dice conservar  un ejemplar, aunque “no sabe dónde”. La existencia de la revista con ese nombre, muestra a qué punto llegaba la imbricación del deporte de la caza con el tiro. Existía toda una cultura en torno a la cacería, no solo en Barranquilla, sino en todo el Caribe y por ende en el resto de Colombia. Tener buen tino o “pegar con el plomo” en la cacería era señal de poder y respeto.

Años después de los tiempos de La Cueva, tendríamos un Presidente de la República, de Popayán, que dio lugar a una canción de Armando Zabaleta, La garra de Valencia, interpretada inicialmente por Alfredo Gutiérrez y cantada por Poncho Zuleta, regrabada posteriormente por ColachoMendoza y Diomedes Díaz, que relata el regalo de una garra de águila que el Presidente, de la República, Guillermo León Valencia, connotado cazador, le entregó al compositor Rafael Escalona, uno de los asiduos visitantes de La Cueva, y que destaca que fue la primera que el Presidente mató, “cuando era muy niño en Popayán”.

Entonces, la actividad de la caza no avergonzaba a nadie y aunque acá no se cazaban águilas, sí se les disparaba a los cerdos de monte llamados “ponche o cacó”, y los relatos exagerados, incluían cacerías de tigres, caimanes, boas descomunales y lampareo de conejos cazados al salto, con arroyos desbordados. Como dice el mismo Scopell, “toda la semana se la pasaban echando embustes, que ni ellos mismos se creían, hasta cuando llegaba el viernes y salían nuevamente de cacería”. El cuadro La mulata de Obregón, con los dos disparos que le hizo su amigo de cacería, TotoMovilla y la escopeta misma que disparó reposan hoy en las paredes de la sede del Carnaval de las Artes de Barranquilla, en las instalaciones de La Cueva, que fue reabierta como bar, restaurante y centro de actividades culturales y literarias con gran protagonismo actual dirigida por el cineasta, escritor y periodista barranquillero Heriberto Fiorillo.

Helmut recuerda, que su padre se reunía con los españoles Cuenca y con el mismo Sarasúa, con quienes funda el primer club formal de caza y tiro, en Barranquilla, que es quizás el segundo en Colombia, porque se tiene noticia de un Club de Tiro suizo formado en Bogotá antes de la segunda guerra y el de Barranquilla se establece después de terminada aquella.

Ya inducidos por su padre en el arte del tiro y la caza, los hermanos Bellingrodt, se iban de excursión  más allá de la Ciénaga Grande, subían por el rio Palenque y por Rio Frio, o iban por Sitio Nuevo, por Tasajera y dormían en campamentos improvisados para esperar el alba y con ella cobrar las posibles piezas, recompensa a su paciencia, destreza y tino.Era toda una banda de amigos fieles y persistentes cazadores: Simón Char, Carlos Daccarett, Ricardo Field, Max Vélez, Ricardo Acosta, Franco Ucrós, Pedro Pérez y Miche González. Las excursiones en procura de los patos migratorios canadienses, los barraquetes aliazul, los pisingos criollos y una que otra tras zaínos y conejos terminaban en deliciosas francachelas en torno a los guisos de las presas obtenidas.

Las severas condiciones del medio fortalecían a los hermanos deportistas. No en vano para los guerreros del  medioevo, la caza no era solo una diversión, el interactuar con la naturaleza en su estado más salvaje permitía adquirir la condición física necesaria para la confrontación, y para los grandes señores, por la complejidad y peligro que entrañaba su práctica era un adecuado adiestramiento físico y mental. Ya en los presentes, estos guerreros modernos del deporte adquirían de la naturaleza, las bases  para enfrentar lo que Ortega y Gasset llamó los “imperativos de las circunstancias”, con una técnica deportiva. Continuará…

Por Hélder Navarro Carriazo
Fiscal del Comité Olímpico Colombiano